La
conducción es una tarea perceptivo-motora que exige la integración de
conocimientos, destrezas, habilidades, dentro de un contexto social que
va a limitar, por un lado, las posibilidades de actuación del
conductor, y por otro, va a darle una responsabilidad en sus actos no
exigida en otras actividades. Su enseñanza requiere un entrenamiento
programado, progresivo y racionalmente controlado con un constante
enlace teórico-práctico.
Hablar de
seguridad vial eludiendo la profundidad que para el ser humano debe
tener el valor de la vida, sería quedarnos en un tecnicismo vacio de
significado. Nuestra conducta vial, precisamente porque incluye el
riesgo de perder lo más preciado, nos implica hasta la médula, seamos o
no conscientes de ello.
Puede que
el valor del conocimiento sobre nuestro comportamiento vial, más que
encontrar la verdad o la respuesta definitivamente correcta, esté en
estimular la búsqueda de soluciones nuevas para responder a necesidades
nuevas que nosotros mismos creamos. Pero nuestra creatividad se
alimenta de la incertidumbre, no de la certeza.